Cuando pedimos oración por alguien --como un hijo enfermo-- no hacemos nada malo en absoluto. Leemos: "Hermanos, orad por nosotros" (1 Tesalonicenses 5,25). Y "¿Está alguno enfermo entre vosotros? Llame a los ancianos de la iglesia, y oren por él..." (Santiago 5,14).
Pero si Jesús es el único Mediador entre Dios y los hombres (1 Timoteo 2,4), ¿cómo es que los creyentes podemos orar por los demás? Es más, vemos a Abraham intercediendo por Sodoma (Génesis 18,23-33), y a Moisés intercediendo por toda la nación de Israel (Éxodo 32,9-14).
La respuesta radica en el hecho de que Abraham, Moisés, y los demás intercesores del Antiguo Testamento eran profetas. Leemos: "Porque Moisés dijo a los padres: El Señor vuestro Dios os levantará profeta de entre vuestros hermanos, como a mí; a él oiréis en todas las cosas que os hable. Y toda alma que no oiga a aquel profeta será desarraigada del pueblo... Dios habiendo levantado a su Hijo, lo envió..." (Hechos 3,22-26).
Moisés profetizó la venida del Mesías, el Hijo de Dios, Jesús. Eso lo convierte en profeta. Los profetas del Antiguo Testamento no son solo los que escribieron libros como Isaías y Jeremías, sino aquellos a quienes Dios llamó profetas.
De Abraham dijo el mismo Señor a un hombre llamado Abimelec, "...Es profeta, y orará por ti, y vivirás... Entonces Abraham oró a Dios, y Dios sanó a Abimelec..." (Génesis 20:7,17).
¿Qué tiene que ver el hecho de que esos hombres fueran profetas con que pudieran interceder por los demás, siendo que Jesús es el único Mediador (1 Timoteo 2,4)?
La Biblia revela que el Espíritu de Cristo estaba en todos los profetas de aquellos tiempos. Leemos: "Los profetas que profetizaron de la gracia destinada a vosotros inquirieron y diligentemente indagaron acerca de esta salvación, escudriñando qué persona y qué tiempo indicaba el Espíritu de Cristo que estaba en ellos..." (1 Pedro 1,10-11).
"El Espíritu de Cristo que estaba en ellos" son las palabras clave. Cuando oraban e intercedían por los demás, no tomaban el lugar de Cristo como Mediador, sino que era el Espíritu de Cristo, que estaba en ellos, quien intercedía por los demás conforme a la voluntad de Dios.
Ahora vamos con que todos los verdaderos seguidores de Jesús pueden orar e interceder por los demás según la orientación del Señor. El Nuevo Testamento nos dice repetidamente que Cristo vive en sus verdaderos seguidores. Entre esos pasajes está Colosenses 1,27, que dice: "A quienes Dios quiso dar a conocer las riquezas de la gloria de este misterio entre los gentiles; que es Cristo en vosotros."
Y leemos: "El espritu de verdad...estará en vosotros" (San Juan 14,17). ¿Y quién es el Espíritu de verdad? Vamos a leer la respuesta: "Jesús le dijo: Yo soy el camino, y la verdad.." (San Juan 14,6). Jesús es la verdad.
Así como el Espíritu de Cristo estaba en los profetas del Antiguo Testamento, ese mismo Espíritu de Cristo está en los verdaderos cristianos de hoy. Y cuando los cristianos oran e interceden por los demás, el Espíritu de Cristo en ellos es quien ejerce el oficio de único Mediador entre los hombres y Dios.
Resumen: El Espíritu de Cristo en los profetas así como el mismo Espíritu de Cristo en los cristianos de hoy día es quien ejercía, y sigue ejerciendo, el oficio de único Mediador. Por eso 1 Timoteo 2,5 dice: "Hay un solo Dios, y un solo mediador entre Dios y los hombres, Jesucristo..." Él es un Espíritu omnipresente, así que ejerce la intercesión en el cielo, y también en Sus siervos aquí en la tierra.
¿Y qué pasa con la oración del Ave María?
Jesús Mismo--el único Mediador entre Dios y los hombres--nos dice que oremos al Padre en Su nombre (Lucas 11,2), y que hagamos nuestras peticiones en Su nombre (San Juan 14,13).
Cuando persistimos en desobedecer los mandatos de Cristo, Él no está en nosotros. Por eso, Cristo pregunta, "¿Por qué me llamáis, Señor, Señor, y no hacéis lo que yo digo?" (Lucas 6,46) Al final de Lucas 6,46 vemos lo peligroso que es negarse a obedecer a Cristo. Desobedecer lleva a la ruina espiritual.
Y leemos en Mateo 7,22-23: "Muchos me dirán en aquel día: Señor, Señor, ¿no profetizamos en tu nombre, y en tu nombre echamos fuera demonios, y en tu nombre hicimos muchos milagros? Y entonces les declararé: Nunca os conocí; apartaos de mí, hacedores de maldad."
Quizás nos preguntemos: ¿qué tiene de malo dirigir nuestras oraciones a María? Primero, va en contra de la Palabra de Cristo. Segundo, María está muerta. Hablar con los muertos es una abominación ante Dios. Leemos: "No sea hallado en ti quien... consulte a los muertos, porque es abominación para con Jehová" (Deuteronomio 18,10-11).
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