Dios siempre da segundas oportunidades, ¿verdad?

A menudo se cae en el error de entender que la gracia de Dios significa que el Señor siempre da segundas oportunidades. Después de todo, quien ha sido perdonado por Cristo recibió ese perdón por gracia. E incluso los cristianos devotos a Cristo no están del todo libres del pecado el cien por ciento del tiempo. Es una de las razones por las que el creyente ora: “perdónanos nuestras deudas”. Esas palabras son parte de lo que se conoce como Padrenuestro. El mismo Señor Jesús les enseñó a Sus seguidores a orar así.

Sin embargo, no confundamos la gracia de Dios – en relación con la salvación – con la gracia de Dios en términos de la vida en esta Tierra actual. La Biblia deja bien en claro que hay decisiones que tomamos en esta vida que pueden afectar de manera negativa la calidad del resto de nuestras vidas terrenales. Dios NO SIEMPRE da segundas oportunidades para nuestra vida aquí en la tierra. “Aquí en la tierra” es la clave. Pero ¿qué decisiones podrían hacer que tuviésemos que pasar el resto de nuestras vidas lamentándolas?

El peligroso pecado de la ingratitud

Leemos lo siguiente: “Toda buena dádiva y todo don perfecto desciende de lo alto, del Padre de las luces...” (Santiago 1:17).

En la Traducción en lenguaje actual, el mismo versículo dice así: “Fue Dios quien creó todas las estrellas del cielo, y es quien nos da todo lo bueno y todo lo perfecto”.

“Todo lo bueno” hace referencia a las bendiciones. Las bendiciones pueden ser cosas, personas, oportunidades, talentos e incluso, ventajas. La Biblia nos cuenta de muchos ejemplos de personas que no apreciaron las cosas buenas o a la gente buena que tenían en sus vidas. Nos habla de gente que tomó a la ligera oportunidades maravillosas. Leemos sobre personas que fueron negligentes con los talentos que Dios les había dado, y de otros que no hicieron nada productivo con las ventajas con las que habían nacido, o que habían recibido. La ingratitud es una característica universal y atemporal. La vemos en todas las culturas y en todas las épocas desde el comienzo de la civilización. Tal vez por eso hay un refrán que dice: “No sabes lo que tienes...hasta que lo pierdes”.

En ocasiones, podremos tener una segunda oportunidad para apreciar lo que tenemos, y eso es muy bueno. Pero las relaciones, las oportunidades, e incluso las bendiciones, no siempre vuelven. No siempre se pueden restaurar. Ni siquiera acudir a Cristo y clamar a Dios nos brindará siempre una segunda oportunidad.

Leemos también: “no sea que haya algún fornicario, o profano, como Esaú, que por una sola comida vendió su primogenitura. Porque ya sabéis que aun después, deseando heredar la bendición, fue desechado, y no hubo oportunidad para el arrepentimiento, aunque la procuró con lágrimas” (Hebreos 12:16-17).

La primogenitura era un conjunto de maravillosas bendiciones a las que tenía derecho únicamente el hijo mayor. Sabemos que era un regalo de Dios porque cuando Isaac cayó en el engaño de pronunciar la bendición del primogénito sobre Jacob (el hermano menor), sencillamente ya no podía repetirla sobre Esaú (el primogénito). Esto nos indica que el verdadero poder que tenían las palabras de Isaac provenía del Cielo, no de Isaac que era el padre de ambos.

Tratemos de no limitar el mensaje de la venta de su primogenitura en el caso de Esaú tan solo al Antiguo Testamento. Hebreos es un libro del Nuevo Testamento en el que el apóstol se dirige a creyentes del Nuevo Testamento y los amonesta.

Notemos también que el pasaje de Hebreos dice que Esaú fue profano porque vendió su primogenitura “por una sola comida”. Este hombre vende una colección de ansiadas bendiciones de Dios por un plato de comida. Increíble. Por eso es que se considera que la ingratitud es profana. Pero ¿qué significa “profana”?. Significa irreverente. Indigna. Despreciable.

Ser irreverente ante Dios es faltarle el respeto a Él. Si pensamos en el hecho de que en la antigüedad la irreverencia ante un rey mortal podía significar la muerte por decapitación, entonces podremos entender la gravedad del pecado de Esaú. Ser indigno implica no merecer. La traducción de esto es: Esaú no merecía una segunda oportunidad. Ser despreciable implica provocar asco. Son todos términos que definen lo que es ser profano, algo directamente relacionado con la ingratitud de Esaú.

Tal vez, a los ojos humanos Esaú sí merecía una segunda oportunidad. Pero a los ojos de Dios, a quien su actitud le había faltado el respeto y la reverencia, no merecía una segunda oportunidad.

No pensemos que podemos ser profanos ante las cosas y personas buenas que Dios puso en nuestra vida, esperando tener siempre segundas oportunidades. Podríamos ser rechazados, como le pasó a Esaú. Podríamos lamentarlo de veras. Y por cierto que podremos pedirle a Dios que nos perdone. Siempre y cuando no hayamos sido blasfemos contra Su Espíritu, Dios es fiel en perdonarnos (1 Juan 1:9). Pero Su perdón no siempre restaura los buenos dones que nos dio y que decidimos no apreciar. Sí, ser ingrato es una decisión... resultado del libre albedrío por el que podremos tener que pagar un muy alto precio por el resto de nuestras vidas en la Tierra.

Traducción al español: Karin F. Handley de HeavenlyManna.net

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