Las siete promesas del evangelio de San Juan 14

 

Pastor David Leiva - Los siete sietes en la Biblia

Introducción: Hay porciones de la Biblia tan ricas en contenido que pueden dar lugar a un precioso sermón considerando los versículos uno tras otro. en este pasaje el lazo que une sus diferentes partes es la palabra «promesa». Jesús vino de parte de Dios para hacernos grandes promesas y en este capítulo están algunas de las más preciosas.

Promesas de Dios

1. Promesa de un hogar celestial(v. 2, 3): todos los jóvenes desean un hogar, pero la felicidad del mejor hogar terrenal es pasajera, más el amor y la alegría que reinarán en la Casa del Padre, donde hemos de estar reunidos millones de hijos suyos son goces eternos. Cristo dijo que está preparando un lugar para nosotros, y sólo Él puede prepararnos, mientras estamos acá en la Tierra, para que seamos dignos y aptos para gozar los bienes de semejante lugar (Jud.1:24

2. Promesa de un camino al hogar (v. 6): al hombre errado y perdido en un mundo desquiciado por Satanás, y donde hay muchos caminos a falsos Cristos se ofrece como «el Camino» verdadero para conducirlo a la Casa del Padre.

3. Promesa de un Padre amante (vv. 7–12): los dioses paganos eran horribles y crueles, cual Moloc o Baal (Lv. 18:21; 2 R. 16:3). Pero el Dios todopoderoso se ofrece en su gracia, como un Padre amante y bondadoso a los que confían en Cristo (Jn. 1:12, 20:17).

4. Promesa de un refugio seguro (vv. 13, 14): cuando las cargas de la vida pesan, y las pruebas nos afligen, durante nuestro caminar al Hogar celestial, el creyente puede refugiarse en la oración, con la seguridad de ser oído por Dios (Sal. 34:4–6; Fil. 4:6–7).

5. Promesa de un consolador divino(v. 16, 17, 26): este es el Espíritu Santo que está en, y con, el creyente en Cristo. Él es el Revelador de las cosas que Cristo dijo que consuelan y alegran el corazón.

6. Promesa de una gloriosa compañía (v. 21–23): Cristo no solamente nos ofrece su hogar, sino que ha prometido, por su Espíritu, venir a habitar en nuestros propios hogares y en nuestro corazón si estamos andando con Él.

7. Promesa de una paz incomparable (v. 27): la paz que el mundo da es ficticia y fluctuante. Hoy tenemos una paz que puede romperse por cualquier razón, pero el Señor nos da la paz con Dios (Ro. 5:1;). El Prometio darnos la paz no como la da el mundo.

Siete gloriosas realidades

«Cosas gloriosas se han dicho de ti, ciudad de Dios» (Sal. 87:3).

1. El glorioso Evangelio de Dios:

«Según el glorioso Evangelio del Dios bendito, que me ha sido encomendado» (1 Ti. 1:11; Ro. 1:1).

2. El glorioso Evangelio de Cristo:

«Pero si nuestro Evangelio está aún encubierto, entre los que se pierden está encubierto; en los cuales el dios de este mundo cegó los pensamientos de los incrédulos, para que no les resplandezca la iluminación del Evangelio de la gloria de Cristo, el cual es la imagen de Dios» (2 Co. 4:3, 4; Ro. 1:9, 16).

3. La iglesia gloriosa:

Así como Cristo amó a la iglesia, y se entregó a sí mismo por ella, para santificarla, habiéndola purificado con el lavamiento del agua por la palabra, a fin de presentarla él a sí mismo como una iglesia gloriosa, que no tenga mancha ni arruga ni cosa semejante, sino que sea santa sin mancha». (Ef. 5:25–27; Hch. 20:28).

4. Un Glorioso poder:

«...Para que andéis como es digno del Señor, agradándole en todo, llevando fruto en toda buena obra, y creciendo en el pleno conocimiento de Dios; fortalecidos con todo poder, conforme a la potencia de su gloria, para toda paciencia y longanimidad...» (Col. 1:10, 11; Ef. 3:16).

5. Gloriosa libertad:

«...De que también la creación misma será liberada de la servidumbre de la corrupción, a la gloriosa libertad de los hijos de Dios». (Ro. 8:21; Gá. 5:1).

6. Gloriosa aparición:

«Aguardando la esperanza bienaventurada y la manifestación gloriosa de nuestro gran Dios y Salvador Jesucristo...» (Tit. 2:13; 1 Jn. 3:2; 2 Ti. 4:8).

7. Un Cuerpo glorioso:

«Mas nuestra ciudadanía está en los cielos, de donde también esperamos al Salvador, al Señor Jesucristo; el cual transfigurará el cuerpo de nuestro estado de humillación, conformándolo al cuerpo de la gloria suya, en virtud del poder que tiene también para someter a sí mismo todas las cosas» (Fil. 3:20, 21).

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